El día a día ya va demasiado rápido.
Trabajo, horarios, tráfico, prisas constantes.
Y cuando por fin llega el momento de viajar, muchas veces ocurre lo mismo:
grupos enormes, itinerarios imposibles, ir de un sitio a otro sin tiempo para disfrutar realmente de nada.
Visitas masificadas, guías a los que apenas se escucha, horarios marcados al minuto y la sensación de estar siempre corriendo.
Viajes que, en lugar de relajar, generan más estrés.